MECIENDO ESPIRÍTUS

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l.

El vecindario de Queens estaba desconcertado. El señor Fairbanks, que vivía en el apartamento 302 ubicado en la calle Avalon Riverview al 13036, había desaparecido sin dejar rastros. La última vez que lo había visto su prima, Mary Stewart, había sido una semana antes de su acto de escapismo final y definitivo.

En puridad, ella no había visto a su primo. Tan solo había llegado hasta la puerta de la casa del señor Fairbanks y él le había dicho que estaba bien y que no precisaba nada. Pese a no aportar muchos detalles, Mary declaró a la policía que recordaba el ruido del vaivén propio de una silla de mecer. Tan solo eso. Acto colectivo, escuchó la voz del Sr. Fairbanks que, sin abrirle, la despidió porque no la podía atender.

Un mes después de que nadie pudiera explicar lo sucedido, cuando las penas empezaban a desvanecerse en el diario devenir, Mary Stewart fue vaciando la casa del Sr. Fairbanks, seguramente con la intención de ponerla a la venta.

Por esos días, en una tarde tibia de otoño, Robert Brown volvía a paso lento de su trabajo. Abrió el ascensor del tercer piso del edificio para ir a su departamento y… ¡allí fue que la vio! En un costado, al final del corredor, casi en forma anónima, en la esquina más lúgubre del pasillo, estaba la mecedora que había sido del Sr. Fairbanks.

Robert se acercó lentamente. Siempre le había envidiado al señor Fairbanks esa mecedora en la que pasaba horas. Y ahora estaba a su merced… casi invitándolo a que se la llevara. Por ello, primero abrió la puerta de su apartamento. Luego se cercioró de que nadie lo estuviera mirando y, en un rapto de velocidad inusual para sus sesenta y tres años, se abalanzó sobre ella para secuestrarla.

En forma precipitada, Robert cerró la puerta de su departamento para así ocultar su conducta. Aún con gotas de transpiración que le bajaban por la frente, depositó la silla mecedora en su pequeño living. Fue en ese instante que, al mirar el posapiés del lado derecho, tuvo como un destello. O tal vez más. En realidad, le pareció ver allí algo similar a la hebilla dorada de uno de los mocasines marrones que usaba a diario el señor Fairbanks en sus últimos tiempos. Luego se dijo a sí mismo, y en voz alta:

—No te dejes impresionar, Robert. No has visto nada.

Acto seguido, un pequeño rayo de atardecer furtivo se filtró entre las desgastadas persianas del living. Su luz se asemejaba a las iluminaciones de un cabaret cuando se pretende destacar a una estrella. Esa iluminación estelar y natural se había posado ahora en la mecedora. Recién en ese momento Robert se percató de que en su asiento había un viejo periódico en inglés: The Atlantic. Al mirar de reojo esa portada de abril de 1942, le llamó la atención un artículo titulado: “Father’s Butterflies”, del escritor ruso Vladimir Nabokov. El nombre de ese escritor le sonaba, pero no recordaba haber leído nada escrito por él.

Luego de dejar ese artículo en un viejo revistero, Robert no pudo dejar de admirar la belleza de la silla de caoba. Ella presentaba un tono casi rosa, ya no tan claro, porque el peso de los años lo había oscurecido. Por eso calculó que el mueble podía tener unos cien años, tal vez más.

Era una silla exquisita, muy fina en su concepción. Tenía el sello de un ebanista de la talla de Chippendale. Sus patas, levemente curvas, estaban asentadas en la madera combada que propulsaba el vaivén. Una fina rejilla calada, de un material entretejido que Robert no pudo identificar, oficiaba de respaldo. Pero el detalle más singular, que remataba los apoyabrazos, eran dos cabezas de tigre con afilados colmillos. Su tallado era excepcional. Daba hasta miedo pasar los dedos por esas fauces amenazantes.

Durante dos días, Robert estuvo pensando en qué lugar de su casa debía ubicar a su secuestrado huésped. Finalmente, decidió poner la mecedora en el lado oeste del living, frente a la plaza Gantry, con su viejo televisor a un costado. De este modo podría leer, mirar la plaza o simplemente entretenerse con sus programas favoritos. En ese espacio acogedor también iba a realizar cálculos actuariales para determinar los retiros individuales del fondo de pensiones para el que trabajaba hacía ya más de treinta años.

Cuando culminó toda la puesta en escena, miró con satisfacción a la silla y le dijo:

—Tú y yo nos vamos a llevar muy bien.

II.

Con el correr de los días, Robert fue acrecentando el tiempo que pasaba en la silla. No solo se quedaba en ella a la hora de mirar la tele o de leer, sino que también comía mientras se mecía. Para ello se había comprado una pequeña mesa ratona donde dejaba el plato de comida o la bebida ocasional a su alcance. Además, mientras se hamacaba en ella, miraba hacia afuera durante horas. Desde su ubicación, seguía los pasos de sus vecinos o de desconocidos, a quienes en forma ocasional les inventaba una vida. Cuando su mente mariposeaba, cada vez más seguido, comentaba con su silla sobre muchas personas o situaciones que Robert percibía a diario. Así, no era de extrañar que le dijera:

—Allá va la señora Ingrid Thompson. Seguramente le va a meter los cuernos al infeliz de su esposo con el verdulero de la Avenida Borden y la calle 21. Ello me lo contó una vez el señor Fairbanks. Hace un par de años, una tarde de primavera, los sorprendió a los dos saliendo del cuartito del fondo de la frutería. La señora Thompson, al ver llegar a Fairbanks, salió presurosa de la escena del crimen. Mientras caminaba con la vista hacia el suelo, intentaba acomodar los botones superiores de la camisa, que no logbaban disimular dos pechos desbordantes que denunciaban que habían estado a la intemperie segundos atrás.

Unas semanas más tarde, Robert notó que la tarea de toda su vida, liquidando rentas de jubilaciones, se le hacía muy tediosa. Insoportable. Nunca lo había atrapado ese desinterés laboral, pese a los años trabajados en la empresa Pension Benefit Corporation. De hecho, le agradaba su diario trajinar, y le parecía muy bueno que la oficina estuviera en la Thomson Avenue y la 44 St., a solo quince cuadras de su departamento. En la firma no tenía un espacio propio; en contrapartida, su pequeño escritorio estaba en un lugar luminoso. Durante mucho tiempo la había pasado bastante bien en su día laboral. Casi que lo disfrutaba. Pero desde que la silla habitaba en su casa, las horas que permanecía en el trabajo se le tornaban eternas.

Una tarde de invierno, Anne Smith, su compañera de trabajo, lo siguió a la sala de descanso, donde los empleados solían servirse café, para interponerse en su camino y decirle:

—Robert, en lugar de mirar el reloj todo el tiempo, ¿por qué no me invitas a cenar? Tú ya sabes que la relación con mi esposo Donald terminó definitivamente. Admito que me equivoqué. No debí romper contigo y retomar mi matrimonio. Muchas veces he lamentado esa decisión. Luego de que tu madre falleciera, hace más de un año, estás muy solo. En los últimos tiempos estás como encerrado en un laberinto de incomunicación. Podríamos retomar el…

—Anne, discúlpame. Pero ya no estoy solo.

Robert sintió que esas palabras casi que se le escaparon de sus labios, como si estuviera hablando otro ser en su lugar. Él había estado muy enamorado de Anne. Diez años atrás, cuando ella estaba separada, empezaron una partida de sentimientos que duró como cuatro años, con idas y venidas. Su madre, Evelyn, que era muy posesiva, se interpuso en ese romance, pues para ella: “una mujer con tres hijos, que abandona su hogar, es una zorra que no es de fiar”. Y esas palabras lacerantes, que escuchó varias veces, fueron horadando su sentir. "Esa suerte de devota fe en eso que algunos ilusos llaman amor", pensaba mientras cavilaba. Recordando a su madre, no pudo evitar mirar el anillo de bodas de Evelyn, que era muy particular. Desde su fallecimiento, Robert lo llevaba en su dedo meñique. La alianza tenía grabado el nombre de su padre: “John”, y al costado: “13-5-1955”. Ambos del lado exterior, lo que resultaba toda una singularidad.  

Pese a todo y por un momento, luego de un breve pujo hormonal, Robert pensó en retractarse de su respuesta hacia a Anne; pero al fin de cuentas ella lo había dejado para volver con su marido. Reanudar ahora esa relación no le resultaba prioritario. Tenía cosas más importantes que hacer.  Por eso es que no enarboló otras palabras, presuroso por volver a su departamento.

.

III.

—¿Pero quién es a esta hora? —Robert, soy yo: Anne. Estoy muy preocupada por ti. Abre la puerta, que quiero saber qué te pasa.

Una sonrisa con cierto trazo de melancolía se dibujó en su rostro. Al fin y al cabo, es una buena mujer, pensó Robert. Tal vez se haya dado cuenta de lo mucho que yo la quise. O tal vez piense que la soledad sería más soportable conmigo a su lado. En fin, de un modo o de otro, ¿por qué no darnos una oportunidad? ¿Por qué no retomar la capacidad de desear?

Acto seguido, intentando honrar esa nueva oportunidad imaginada, tomó fuerzas para incorporarse de la silla. Pero al apoyarse en los posabrazos para impulsar su decisión, sintió una fuerza que lo sujetaba. Era como una suerte de correón, que supuso imaginario, lo que le impidió ponerse de pie. Por ello, a modo de disculpas, atinó a decirle:

—Anne, no te preocupes, ahora no me siento bien, pero te prometo que voy a recuperarme. Dame un par de días y te contaré todo —le dijo él detrás de la puerta, sin poder levantarse de la mecedora.

—Si estás seguro de que no precisas nada, me voy; pero quiero tener una conversación contigo, Robert. Cualquiera sea tu decisión final, quiero decirte muchas cosas que he sentido luego de que nos separamos. Necesito que te mejores y que me escuches.

—De acuerdo, Anne. Yo también quiero hablar contigo.

—Nos vemos pronto, Robert. Cuídate... ¡por favor! —le dijo ella.

No pasaron más que unos segundos hasta que él escuchó cómo el crepitar de los pasos de ella se fue apagando en la penumbra del silencio.

Fue recién en ese instante que Robert recordó que hacía casi tres días que solo bebía líquido. Primero, la semana anterior, había tenido un episodio de gula permanente. Algo así como una voracidad despiadada e insaciable. Para calmarla, había arrasado con todo tipo de comida, hasta ver los botones inferiores de su camisa pedir piedad. Pero tiempo más tarde, su apetito fue languideciendo hasta que dejó de comer. Mientras cavilaba sobre ese proceso, tomó conciencia de que había ido perdiendo su fortaleza. Tal vez por ello hacía varios días que dormía en la silla. En esos devaneos, al correr su vista hacia el parqué, notó por primera vez que su piel se estaba escamando; desgranando en finas capas de escamas.

Temeroso, levantó la misma camisa que llevaba puesta desde hacía una semana y vio cómo se le había formado un cinturón de piel que lo sujetaba a la silla. En un ataque de pánico, se arrastró con la silla hasta el baño. Necesitaba verse en el espejo redondo, el preferido de su madre. Pese a su sometimiento al miedo, no pudo evitar recordar cuando ella lo vestía de marinero y le peinaba sus bucles de niño, para luego mostrarle el peinado con ese mismo cristal que estaba procurando alcanzar.

Cuando al final pudo hacerse de él, empezó a pasarlo cerca de su cuerpo. En esa inspección notó que toda su piel había mutado hacia un color amarillo metálico. Además, estaba escamosa, endurecida; como buscando encapsular su ser. Lentamente puso el espejo delante de sus ojos y, al bajarlo, vio cómo su pecho comenzó a comprimirse a un ritmo de respiración ralentizada, para dejar a la vista su magro costillar.

Inmediatamente, sus huesos comenzaron a contorsionarse y él sintió cómo se encogían. Escuchó crujir su piel desde la nuca y percibió que esta comenzó a abrirse para confundirse en un solo tejido con el respaldo de la silla. Allí supuso que sus células se entremezclaron con las de los anteriores dueños de la reposera. En ese preciso momento, ya con olor a terror, se percató de que el respaldo no era de mimbre, sino de un ratán de piel humana, de orugas humanas que se habían convertido en parte de la mecedora. Ella, ¿sino quién?, era la verdadera mariposa de caoba. Y era muy sensato pensar que se alimentaba de sus ocupantes, a quienes hipnotizaba al mecerlos en un proceso de metamorfosis de varios meses. Las víctimas primero entregaban parte de su tiempo, luego sus sueños y, finalmente, su vida.

Mientras se hallaba en este devaneo, sintió cómo su boca comenzó a afinarse para tomar la forma de una trompa. En realidad, todo su cuerpo comenzó a estrecharse y a transmutarse en la silla. Fue allí que Robert se dio cuenta de que su brazo izquierdo ya era parte de la mecedora. Desde el apoyabrazos de la siniestra, por un momento sus dedos sobresalieron de la cabeza de tigre tallada, pero en instantes, esta los engulló. En ese mismo lado, su pierna, que ya era de un color caoba, en minutos se hizo un solo cuerpo con la pata de la silla.

Sintiendo todavía partes del lateral derecho de su cuerpo, tuvo un último presentimiento. Necesitaba tomar ese artículo periodístico de Nabokov. Ese que había venido con la silla y que él había dejado en su revistero, que no estaba a más de un metro de su cuerpo, mecido hasta el entumecimiento.

Nunca había leído la obra del ruso, pero sabía que este era un famoso escritor lepidopterólogo que estudiaba la metamorfosis de las mariposas. Seguramente allí podía haber alguna explicación de lo que le estaba pasando.

Al borde del desmayo, logró balancear en forma horizontal la silla y, en ese pendular, apresó el artículo del diario The Atlantic, escrito por Vladimir Nabokov, que se titulaba: “Father’s Butterflies”.

Fue en ese momento que, mientras leía con su lateral derecho la revista —porque su otra parte de la cara ya era una estera trenzada de la mecedora—, escuchó una voz que le decía en un inglés con acento foráneo:

"It’s a long climb Up the rock face At the wrong timeTo the right place"

En su esfuerzo por darle sentido a esas oraciones que creía entender como una explicación respecto a la dificultad de presenciar el proceso de una metamorfosis, nunca pudo saber si la voz que escuchó fue la de Vladimir Nabokov.

Pues en ese lugar, en su lugar, quedó tan solo el vaivén de la mecedora.

IV.

Diez meses después de la inexplicable desaparición de Robert Brown, Alice Michelson estaba fisgoneando una clásica venta de garaje en Vernon Boulevard. A sus ochenta y tres años, cada día le costaba más darle un sentido a su vida. Sus dos hijas y tres nietos vivían en Carolina del Norte y los veía muy poco, generalmente solo en las fiestas tradicionales.

Por otra parte, Alice no tenía muchas amistades. Pese a todo, y a su declarada soledad, ella no se había querido mudar de Long Island. Es que allí había sido muy feliz con su esposo Richard por más de cuarenta años, hasta que él murió, hacía ya tres años.

Luego de hurgar por espacio de media hora pequeños artículos hogareños, su vista se posó sobre una vieja silla mecedora. Se acercó a ella y luego se sentó. Cuando comenzó a mecerse, se sintió acompañada. Volvió a respirar un estado de satisfacción espiritual que creía extinto.

Debía comprarla.

Estaba en esas elucubraciones cuando escuchó a sus espaldas una cálida voz femenina.

—Señora, mi nombre es Anne. Si le interesa esa silla, su precio es de ciento veinte dólares. Perteneció a un querido amigo: Robert. Su único sobrino me pidió que ante la desaparición de su tío vendiera sus pertenencias. Como él vive en Ohio, me estoy encargando de subastar sus cosas.

—Sí, querida, me interesa y la voy a comprar. Lo único que le voy a pedir es que la lleven a mi departamento, que está a unas cinco calles de aquí.

Un par de días más tarde, Alice Michelson estaba buscando un lugar luminoso para poner su silla. El muchacho que se la había entregado le dio también una vieja revista que venía con la mecedora. Luego de acomodarla de forma tal que pudiera mirar hacia la calle mientras tejiera, Alice notó algo muy raro.

En el brazo izquierdo de la silla creyó ver un anillo de bodas y leer el nombre “John” y una fecha. Fue en ese instante que de su boca salieron estas palabras;

—No te dejes impresionar, Alice. No has visto nada.